I Soledades Compartidas

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San José I 1950
SAN JOSÉ – 1950

I Soledades compartidas

Un lugar abandonado del mundo, un lugar en el que se esconden personas y animales que no encuentran su lugar, no encuentran su ubicación en el otro mundo, el civilizado, el urbano, el cosmopolita, …el supuestamente “real”.

Encuentran un mundo imaginario, el de las vacaciones, el de los hippies, playas y paisajes increíbles, cortijadas detenidas en los años de nuestras abuelas…

…la paz natural, la serenidad, los atardeceres.

Un abandono amado y querido, como un ratito de paz que te deja tu familia una vez al año y que saboreas como si fuera una sesión de spa con masaje completo o unas vacaciones pagadas de un mes. Nadie te demanda, nadie parlotea a tu alrededor… silencio, PAZ. Sólo te escuchas a ti misma…aunque a veces no quieras escucharte.

Esa es la sensación que buscamos y encontramos en esta esquina de la península, la conexión con la naturaleza, con nosotras mismas, con el horizonte más infinito y con nuestra profundidad infinita como seres vivientes.

Todo sus amantes… los amantes de la Gata, del Cabo de Gata, lo hicieron antes; incluso esa generación estrellada en los años 80, postdrograína, vinieron buscando una vida sin lavadora, sin TV, sin coche incluso o sin casa unos cuantos meses al año.

La fortaleza del anticonsumo, la batería defensiva de la naturaleza salvaje, de la primigenia tribu y la comunidad humana.

Cuando llegábamos a San José, hace varias décadas, nos encontrábamos con una carretera desamparada, que no iba ni venía de ningún lugar, casi no tenía tránsito. Construcciones y casas desordenadas pegaítas al mar; una imponente rambla de tierra y un puerto construido en la década de los 80.

Genoveses estaba desierto, ni vallas de Parque Natural, ni aparcamientos, ni nada de lo que ahora nos encontramos. Entonces sí que se podía considerar la “playa más bonita de España”.

Loma pelada, Cala Higuera, Barranco de la Mula, un eucaliptal entre el camping y el pueblo, la Punta del Castillo, el Cerro Gordo…todo libre, autónomo y soberano… a su amor.

En una tierra desabrigada, desastrada y bella, eternamente atrayente y escultural. Para sus habitantes, una tierra dura y un clima y una vegetación adversa, una historia comunitaria de miseria, abusos y desencantos… emigración para prosperar; ¿progreso hacia dónde?

San José mantiene esa esencia, aunque crezca urbanística y turísticamente, aunque se ponga de moda, se convierta en un destino turístico de primer nivel en Europa y aunque su población haya crecido de menos de 100 habitantes a más de 1000 en 50 años.

Las ensenadas naturales de Bahía del Sollarete y Bahía de Genoveses que antaño acogieron a navíos y marinos con diversas intenciones; la batería defensiva Castillo de San José (origen del nombre del pueblo) construído en el siglo XVIII por el Reglamento de Defensa de la Costa y que en la Guerra de Independencia fue desartillado y arruinado, más tarde ocupado por funciones policiales de vigilancia y en 1960 destrozado como casa cuartel de la Guardia inCivil. Ese gran Castillo que seguimos teniendo bajo los cimientos de esa mole amarilla, podríamos recuperarlo y nos podría reportar un landscape mucho más elegante y acorde a lo que significa San José y su Parque Natural.

Nuestro pueblo de San José tranquilo, silencioso y perdido en su Mar de Alborán, hasta que el toque de salida (Verbena de San Juan, 23 de junio) lo convierte en nuestro Horror, nuestra peor pesadilla, aunque dura apenas dos meses.

Los habitantes retornamos a la vida, a respirar agusto cuando poco a poco, vemos que desciende el número de coches y que te vuelves a cruzar siempre a los mismos. Volvemos a la normalidad y somos más amables con ese turismo respetuoso y amante de la Naturaleza que viene el resto del año.

Reingresamos en nuestra soledad compartida…

Orvalho

Rocío C. Escalante

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